viernes, junio 19, 2009

ahora mírame, míranos, tengo algunas melodías de fondo, y también de fondo se escucha el sonido que hacen mis dedos cuando chocan contra el teclado del piano. sé que estás detrás de la puerta, viendo por la pequeña ranura. ya casi es media noche, pensaremos, nos hemos olvidado de sentarnos en la sala y tomar sobre la pequeña mesa nuestro café cotidiano mientras mantenemos nuestros ojos fijamente clavados uno en el otro, en silencio, preguntándonos todas esas dudas que jamás nos decimos, como si fuese mejor mantenerlas escondidas, atrapadas detrás de un velo que nos deja adivinarlas, pero nada más que eso. entonces yo te diré alarmado "Alejandra, ven que me hundo" pero no acudirás en mi auxilio, tu estarás perdida mirando por la ventana la noche que se nos cae, tu vestido que se cae, tu sexo que también se cae, y yo me diré que daría lo que fuera por arrojarme a esa caída donde estás tu y no seguir en esta donde solo me acompaña mi sombra. ayer vino Alberto, se sentó un rato en el sofá grande, me dijo que no tomaba café y que no bebía tampoco, yo pensé que no había pasado casi ni un año desde que había dejado de verlo (yo pensé, como siempre lo hago, tantas cosas de él y de nosotros y del tiempo que nos rodea), le serví un vaso de agua, le dejé unas servilletas sin entender bien por qué si no había forma de ensuciarse, pero intuí que podría necesitarlas y es mejor siempre contar con las cosas a la mano para que después uno no ande recibiendo reclamos o escuchando frases como si eso hubiera estado ahí todo habría sido distinto... él me agradeció el agua, pero no la servilleta (en ese momento comprendí que ese había sido un acto inútil, como muchos que hacemos a diario, pero de los cuales mayormente jamás nos percatamos), traté de no darle importancia, aunque me incomodó mucho porque mientras hablábamos yo miraba la servilleta y recordaba los distintos usos que tus dedos les daban, podías escribir un poema sobre ella o hacer un dibujo extraño y exquisito que resumiera nuestra forma de sentir las cosas, me daba pena verla y sentir que por cada segundo que pasaba se iba más al diablo esa potencialidad que tenía, como un cuadro en blanco que espera ser pintado por los dedos de un Chagall y termina soportando los trazos de un inútil que no sabe ni como tender una cama, y en el momento que no pude soportar más la idea de que eso sucediera, interrumpí lo que me estaba contando y agarré desesperadamente la servilleta para luego proceder a guardarla en el cajón donde se encontraban todas las demás, teniendo la sensación de que a pesar de todo ya no volvería a ser la misma y que cuando tu llegaras a casa, y la vieras, te darías cuenta y no harías más que arrugarla entre tus manos y luego la echarías al basurero. pero hablaba sobre Alberto, cuando volví retomó su aburrida historia, me contaba algo sobre Europa y sus maravillas, que era una cosa increíble, estaba seguro que algún día tu y yo también lo veríamos y le daríamos la razón. le sonreí mientras recordaba que tu solías dibujar casi siempre una ventana grande de un departamento de un cuarto piso, decías que era un cuartito parisiense y que de ahí te tirarías cuando tu cigarrillo estuviera por acabarse y el vaso de whisky estuviese por la mitad y sientas que la poesía no es más poesía sino la llevas a la realidad (eso alrededor de los treinta y cinco años). por eso le sonreí y él creyó que su historia me animaba, a mi qué me interesaba los sitios que había visitado, las mujeres con las que había follado, los libros que había acariciado. le ofrecí un poco de whisky (solo para fastidiarlo) y él, como era de esperarse, se negó caballerosamente y mientras me iba sirviendo para mi miraba el vaso y pensaba en su color madera, en mi rostro que se reflejaba y se expandía como un globo. recordé que un día me dijiste que te espantaba verte ahí, cada cosa tomaba una forma distinta, la geometría perdía todo su sentido, pero eso no era lo que te aterraba, sino el no saber si lo que mirabas solo era una distorsión aberrante o en realidad, nuestra verdadera forma, el rostro detrás de la máscara. a mí no me afectaba, el horror se podía encontrar en cualquier callejón de esta ciudad o en los arenales desiertos donde amanecían cadáveres cada fin de semana, pero a ti te atormentaba, te arañaba los huesos, la inseguridad, el no tener la certeza de estar pisando suelo y era por eso que cuando me tocabas lo hacías con desesperación, como si yo fuese algo que de pronto tampoco está ahí, como una sombra diminuta que sigue tu rastro, pero que jamás logras alcanzar. Alberto se despidió casi una hora después, cuando notó que yo había bebido demasiado y me encontraba borracho. me aseguró que volvería otro día y esperaba esta vez si encontrarte. cuando se fue yo me pregunté cómo es que habías podido estar con un tipo así que creía entenderlo todo y no sabía nada, ni siquiera usar una simple servilleta, ¿con qué órgano te hace el amor un hombre de esos? un ser que lo primero que hace es mirarte el calzado mientras se acomoda la corbata y revisa su reloj de pulsera suizo, ¿o era, quizás, que su rostro no cambiaba cuando miraba su reflejo en un vaso de agua? a veces me da por imaginar que cuando estamos en la cama no duermes y pasas toda la noche observándome, suplicando con tus ojos que no me desvanezca de un momento a otro, con tu mano sudorosa alrededor de la mía, con tus pies enredados y juntitos, como una niña pequeña que teme despertarse sola en medio de la nada al día siguiente y se aferra a lo más cercano que tiene. en fin, casi al rato ha sonado vehementemente el teléfono, lo he dejado sonar hasta que se ha cansado y se ha callado completamente. el mundo poco importa, Alejandra, aunque tampoco he atendido tu llamada a la puerta y has tenido que entrar usando tu llave, me has dado un beso, te he sonreído, y aunque he murmurado que iba al dormitorio a acostarme, he terminado en el cuarto del piano tocándolo, tu no has dado mayor importancia al asunto, te has puesto a preparar un par de cafés y te has sentado en la mesa con ellos. oyes la melodía, es como si hablásemos sin usar palabras, es también la mejor forma de callar, mientras dejamos que nuestros cuerpos se vayan haciendo ceniza, la distancia se empoce más, y las columnas de esta casa empiecen a derrumbarse. pero a pesar de todo te aferras a mí indignada, sabes que existe un hueco más oscuro que tu sexo y eso te agobia, imaginar que podrías quedar atrapado en el, con la humedad rodeándote y oxidándote, todo eso te asusta. por eso te acurrucas en el sofá, dejas que el sueño te atrape cerca, no duermes por andar con un ojo alerta. es absurdo, es en vano, cerrarlos sería más fácil. sí, eso mismo, cerrarle los ojos al mundo, para que no nos vea y jamás nos encuentre.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

me encantó! como el durazno! =)

Anónimo dijo...

es uno d los q más me ha gustado desde el otro en el q decias: "y mientras suena una canción triste y melancólica, yo te veré pasar perdida... como andan nuestros corazones silenciosos...

Verónica Chirinos dijo...

I like it! :D