sábado, agosto 18, 2007

Encuentros

Este cuento lo tenía hace dos semanas y me había olvidado de subirlo xD! ... Tambien quiero expresar mi solidaridad con nuestros hermanos de Ica ... Aqui va =)


Ana nos daba la espalda mientras iba caminando hacia el féretro, vestida totalmente de negro y rígida. Se escuchaban algunos murmullos, comentaban sobre el acontecimiento, otros callaban y solo miraban como avanzaba lentamente aquella mujer bonita de ojos cafés, piel blanca y cabellera negra que no había derramado ninguna lágrima por la muerte de su marido. Ana siempre fue así, la más fuerte de todo el grupo, la más inteligente, la más arriesgada, la más fría. Siempre fue bonita y por eso en el colegio y en la universidad siempre le sobraban pretendientes, a los cuales a la mayoría ella rechazaba sin piedad. Con los que llegaba a establecer una relación eran pocos y siempre hacía notar que era ella la que llevaba las riendas, que su palabra era ley y que sino se acoplaban a su forma de llevar la vida no tenía problemas en quedarse sola. Recuerdo que Alberto, un amigo nuestro en la universidad, estuvo con ella durante tres meses y un día mientras tomábamos en un bar, dos meses después de que hubiesen terminado, me dijo muy seriamente: “A esa mujer jamás podré olvidarla…”. Emitiendo una pequeña carcajada le pregunté porqué, si mujeres en la vida iban a sobrarnos, y él, poniéndose más serió me respondió: “Mujeres como ella siempre dejan su huella”. Le pedí explicaciones sobre lo que quería decir con eso pero él no quiso contestarlas, las palabras a veces son inútiles, me dijo, y la única forma de que entendiera era que lo experimentara. No dijo nada más, cambiamos de tema y seguimos tomando; nunca más volvimos a hablar del tema. A veces en clase corrían rumores sobre ella y la mayoría negativos. Ana siempre había sido muy soberbia, lo cual le había generado muchos enemigos. Eran pocos sus amigos, por no decir casi inexistentes, y yo era uno de ellos aunque en el fondo no sabía porque, pues jamás me habían atraído chicas como ella. Supongo que aquella amistad se debía a que la conocía desde pequeños, desde los cinco años sino me equivoco, y pues se había hecho una costumbre verla cerco mió y andar a su lado, aunque siempre trataba de evitar estar cerca de ella. Cuando el encuentro era inevitable no tenía más remedio que saludarla y acompañarla a donde quisiera pues jamás aceptaba un no por respuesta. Le gustaba ir por Quilca a buscar libros sobre ficciones, ir a tomar a algún barcito cercano o bailar en una discoteca. Había veces en que la pasaba muy bien, Ana era muy elocuente e historias que contar jamás le faltaban. Ella podía hablarte sobre religión, política, historia, geografía y hasta sexo sin que tuviera problemas en pronunciar palabra alguna, política o sexualmente hablando. En esos cortos momentos junto a ella podía llegar a escuchar una cátedra sobre algún tema hasta sus confesiones más intimas, que jamás supe porqué me las revelaba. Así supe que muchos de los rumores que escuchaba eran ciertos y ella me los decía con una tranquilidad que a veces me espantaba. Por ejemplo el rumor más conocido en esos tiempos era que a ella le gustaba amarrar a su pareja a la cama con unas esposas, jugar con un látigo dando pequeños golpes y después montarse encima pero sin dejar, en algún momento, que la tocaran o besaran. A pesar de que sabía que la palabra “normal” no iba con ella, dudé mucho tiempo sobre creer en aquellos rumores hasta que me los confirmó. Aunque jamás se me cruzo por la cabeza establecer una relación sentimental con ella, si imaginé, ya que era muy bonita, tenerla en la cama después de una fiesta sin tener que aceptar compromiso alguno, pero, después de aquellas confesiones, ese deseo jamás volvió a surgir. Terminamos la universidad y el último día que la vi fue en la fiesta de despedida que hizo Ricardo Almena, un muy amigo mío, la cual duro dos días seguidos y recuerdos no tengo pues fue una borrachera exagerada. Supe por unos amigos que había viajado a España, en compañía de un chico de la universidad, para forma una empresa (habíamos estudiado economía). Nunca más supe de ella hasta hace unos días que me llego la invitación para el velorio de su marido, a quien jamás nadie conoció, pero corrían rumores de que había sido el amor de su vida y que fue él el que llevo las riendas de la relación y del negocio empresarial que formaron. Cuando escuché esto no pude creerlo hasta hoy que la vi toda de negro, tan respetuosa y elegante. Ella misma se había encargado de todos los arreglos, y hasta el último detalle, del velorio. Mucha gente pensó que todo había sido para llenar las apariencias de mujer dolida porque no la vieron derramar una lágrima, pero yo supe que no era así, sabía que en el fondo algo había cambiado. Ya no era más la jovencita de veinte años que estudiaba conmigo en la universidad, ahora era toda una señora que había enviudado. La gente se iba retirando poco a poco no sin antes despedirse de ella. Yo espere hasta el final para acercarme y cuando vi su piel, tan clara y joven, pensé que el tiempo no había pasado para ella pues se seguía viendo tan bonita como antes.

– ¿Como esta Carmen? – preguntó
– Atareada, tenía que ir a recoger a nuestros hijos, por eso no pudo venir – respondí
– ¿Y tu mamá? –
– Delicada, por esto tampoco pudo venir –
– ¿Así que has venido solo? –
– Si –
– Que bueno –

Me sonrió y me dijo que la acompañara a su carro, iríamos a tomar un café para pasar el frío (era un invierno muy duro) mientras conversábamos. Su auto era un Mercedes lujoso, por lo que supuse que le había ido muy bien económicamente. Al sentarme al lado de ella, y al cerrar las puertas, pude apreciar más nítidamente su perfume, su suave y dulce aroma. Me comentó un poco, mientras manejaba, sobre su vida en España, la vida atareada que llevaba debido al éxito de su trabajo, que era exportación de pieles y los numerosos países que había conocido gracias a su trabajo. Había logrado cumplir sus sueños, decía, y no se arrepentía de nada. Ahora era una mujer exitosa, envidiable y hermosa. Desde pequeña había querido que todos notaran su talento, su desición, su firmeza y ahora tenía todo eso y más. Yo sonreía a todo lo que ella decía pero noté que en todo el trayecto hasta llegar al café jamás menciono a su marido. Cuando llegamos ella se sacó el abrigo de piel que traía y pidió dos extras bien cargados. Lo tomamos lentamente sin decirnos nada hasta que ella dejo la taza en la mesa, me miró y me dijo: "Jamás ame a mi marido". Yo no dije nada, solo la miré y calle para que ella siguiera hablando. "Todos estos años estuve a su lado porque fue el único que pudo domarme " La miré apenado, a pesar de todo lo que me había dicho anteriormente, su éxito, su dinero, sus viajes, su empresa, no había sido feliz, le había faltado amor que para mí era más importante que cualquier cosa. No se veían sus lágrimas pero intuía que por dentro había un mar de ellas, que en España había podido olvidar, gracias al trabajo, el lado sentimental pero al volver al Perú todo había vuelto a afluir y se encontraba atrapada en su propio sufrimiento. Sin saber porqué puse mis manos sobre las suyas, entrelacé nuestros dedos y apreté fuertemente. Ella se quedó mirándome y me dijo que no era necesario que hiciera eso pero yo le dije que quería hacerlo pues a pesar de todo habíamos sido amigos desde la infancia.

– ¿Eres mi amigo? – preguntó
– Si – respondí
– Entonces, quiero que hagas algo por mí –
– ¿Que cosa? – pregunté intrigado.
– Tú solo dime sí o no –
– Esta bien – dije.

Se levanto, pago la cuenta de los dos cafés y se dirigió al carro. Esperó a que subiera para encender el carro y arrancar. Quise preguntarle a donde iríamos pero supuse que sería en vano pues gracias a mi curiosidad ya había dicho que sí y me había puesto en sus manos. Me dediqué a observar el paisaje verde y después de veinte minutos ella se estacionó frente a un hotel de aspecto humilde. "Aquí me hicieron el amor por primera y única vez", me dijo, y yo no dije nada pues no supe que responder. Al verme parado y callado, Ana, me tomo de la mano y entramos hasta el lobby del hotel donde ella pidió un cuarto y pagó por adelantado. Como un muñeco sin voluntad me deje guiar por aquellas manos suaves y frías hasta el cuarto indicado, me senté en la cama y ella cerró la puerta. Sin decir nada se comenzó a desnudar hasta quedarse sin ropa y yo solo estaba callado, mirando y pensando que tenía un hermoso cuerpo. "Quiero que me hagas el amor, quiero sentirme amada una vez más", dijo, y yo pensé que eso sería casi imposible pues no la amaba pero haría el intento. Lentamente me acerqué a ella y bese sus labios suavemente, noté que tenían sabor a fresas y me deleite probándolos. Una mano acariciaba sus muslos y otras sus senos mientras mi boca ahora jugaba con su cuello que era tan dulce como la fragancia que emanaba. Poco a poco fuimos llegando a la cama y al echarnos ella me pidió que nos tapáramos pues tenía frió. Como una chiquilla me pedía que le dijera palabras de amor, cursilerías románticas y yo, tan obsoleto en el amor ya, no sabía otra cosa mas que decir "que bonita eres, dulce tu piel, suave tus senos, mirada inocente". Parecía como si tuviéramos doce años y estuviéramos acostándonos por primera vez, inexpertos y tontos. Así con palabras y besos suaves fui haciéndole el amor una y otra vez hasta agotarme completamente y quedarme dormido sobre ella. Al día siguiente me despertó un ruido fuerte y al buscarla a mi lado no la encontré. Me vestí rápidamente y al salir del cuarto vi una pequeña muchedumbre amontonado tres cuartos más allá del mió. Cautelosamente avancé hasta ellos y al ver al recepcionista ahí le pregunté que había pasado. Se escucho un disparo de bala, dijo, y hay sangre debajo de la puerta. La gente estaba amontonada pero no se atrevían a abrir la puerta hasta que uno de ellos dijo que era policía y que se alejaran para que pueda entrar. Con cuidado sacó una pistola que tenía guardada en su pantalón y abrió la puerta bruscamente. Otra vez toda la multitud se juntó y no podía pasar para ver. Resignado comencé a escuchar lo que decían y cuando oí que era una mujer bonita de cabello negro, blanca y de ojos café supe que era Ana. Sin decir nada di la vuelta y comencé a caminar hacia el estacionamiento deseando que las puertas del carro estén abiertas con las llaves adentro. Así estaban, como si ella hubiese dejado todo preparado. Arranqué y mientras manejaba pensaba que si me hubiese acostado antes con Ana quizás me hubiese enamorado de ella. Aceleré más, prendí la radio y dije: "Es una pena". En la cajuela vi un paquete de cigarrillos y decidí prender uno. Tenía un sabor amargo como la mirada de ella, pero por cada piteada sentía el placer de estar haciendo algo infinito, algo que podría jamás acabar y pensé que así ella nunca se escaparía de mí, de este mundo. Cerré los ojos y quise imaginar que era yo el que se encontraba tirado muerto y ensangrentado en el cuarto del hotel. Quise imaginarla a ella fumando el mismo cigarro que yo, recordando la noche que habíamos pasado y se sintió tan bien saber que uno, si quiera para una persona, llega a ser inolvidable. Abrí los ojos, tiré el cigarro que se acabó y prendí otro, le di un piteada, miré al costado y como si estuviese sumergido en un sueño vi a Ana manejando su carro, fumando un cigarro y al igual que yo, haciendo una seña de adiós con sus manos.

1 comentario:

noop dijo...

xete... siempre existe akella persona inolvidable... x) io aprendi eso