sábado, julio 14, 2007

Confusiones

Lo sacudo bien, me subo el cierre del pantalón, le hecho un par de monedas encima a la mujer y sin mirar hacia atrás la dejo sentada en la acera, con la blusa rota y transpirando. No es una puta, lo se, pero siempre tengo que tirarles algo, aunque sean unos miserables centavos, pues mi forma de ver la vida es que todo tiene un precio, un costo, una tarifa. Generalmente las conozco, a ese tipo de mujer fácil y accesible, en alguna discoteca, ebrias y sin pudor, con ganas de que alguien, sea quien sea, les diga algunas palabras bonitas, les de unas caricias y la hagan sentir como la reina del jugar. Logrado esto todo es fácil, los besos vienen por si solos, los roces son cada vez mas íntimos y al final se termina en la cama de un hotelucho barato o, como en mi caso, en un callejón de acera y pared fría. No todas son mujeres bonitas, ni tampoco feas, todas tienen su encanto, por ejemplo, la de hoy, su transpiración era un manjar, un afrodisíaco y sus gemidos, gritos de aliento. Otra veces son mujeres que de reconfortante solo tienen su sexo, aunque suene duro y cruel, hay mujeres que no tienen encanto y que sino hubieran nacido con un hueco en la parte inferior ningún hombre las enamoraría. ¿Por qué lo hago? Porque me gusta, porque es una adicción sentir los gemidos de una mujer, sus alaridos y garras pidiéndote que le hagas sentir de todo, y porque, aunque suene estupido, es un consuelo, es un hobby, son las ganas de sentir que te desean y que la ayudas a olvidar sus problemas. Por eso les tiro unas monedas, para que después, al meditar bien lo que hicieron, no sientan la culpa de haber arriesgado toda una vida, quizás, un matrimonio con hijos, lo más probable, por nada. Cuando mis amigos me escuchan se ríen, ¡es una misión!, digo, y entre sonidos de vasos chocando las risas corean mis relatos y me siento tan bien por saber que soy yo el que lleva sobre sus hombros tan sacrificado objetivo.






– Ricardito, anda a dormir, hoy es sábado y papa llega un poco molesto – decía mamá.

Yo miraba sus ojos azules y pensaba mama linda, mama dulce, en sus brazos calor y sus besos ternura ¿Por qué mama? ¿Por qué papa, porque? Mi cabello negro tan hermoso como la noche, decía mama, pero tu nombre mas lindo mami, Susan, como un hada o como un ángel, y tan parecida a un ángel mama, solo le faltaba alas para que pueda volar e irnos de acá.

– Su trabajo, Ricardito, la presión de las cuentas, las horas y horas de trabajar sin descanso, no lo se, amor – susurraba mama mientras acariciaba mis cabellos.

Mama linda, su perfume suave a rosas y limonada, tan fresco como un día soleado de primavera, su piel suave y resbaladiza, sus dedos pequeños. Mama con 35 años y la flor de la vida, mama tan hermosa y tan triste, una princesa encerrada en un castillo horroroso sin rejas ni candados.

– Mama no llores, – le decía – yo te quiero, no diré más mama, callaré, te lo prometo, por favor mama, no llores.

Secaba sus lágrimas con mi rostro y me pedía perdón, me apretaba contra su pecho y decía que era la luz de sus ojos, el regalo de Dios, su razón de vivir, pero cuando le decía: “¿Por qué mama? ¿Por qué papa, porque?” Mama solo lloraba. Entonces escuchábamos la puerta abriéndose y mama aterrada me rogaba que subiera a mi cuarto y me hiciera al dormido, aunque sea un ratito mientras ella calmaba a papa y yo no podía hacer otra cosa más que esconderme, porque era lo único que podía hacer, porque doce años eran tan poco, y me tapaba, con sábana y frazada, tapaba mis oídos fuertemente para no oír como mama le lloraba e imploraba a papa que se calmara, que sea lo que fuera ella tenía la culpa y no yo, y mama sufría, y se escuchaban gritos y golpes, y yo lloraba mientras me preguntaba porqué papa, porqué, y me decía que doce años eran tan poco.






No me importa la edad, es lo de menos, pues en la cama eso hace lo sabroso. Las jóvenes no saben como moverse y uno tiene que enseñarles, acomodarse a sus miedos y piruetas, pero tienen imaginación, se entregan totalmente y puedes manejarlas a tu gusto. En cambio de las señoras se puede sacar más jugo pero ya tienen un ritmo, tienen sus preferencias y ellas quieren llevar la rienda, aunque esto se compensa por como te hacen sentir, sus mañas y talentos innatos que uno no adivinaría a simple vista. En cada mujer puedes encontrar un mundo complejo y te llegas a sorprender de cómo la otra realidad, el mundo a partir de las doce de la noche, rompe con todas las reglas, con todo esquema hasta tal punto en que tu ya no sabes que es real y que no. Las prefiero pequeñas, con senos modestos pero firmes, esbelta y con una cintura graciosa, de sonrisa tierna, pero así solo he encontrado una. Fue ayer, en una discoteca de los Olivos, eran ya las cuatro de la mañana cuando con mis amigos llegábamos a buscar a quien levantarnos y la vi, tan mona y tomando sola, sin nadie a su costado. Me acerque lentamente mientras pensaba que tenía que ser mía, su cabello era perfecto, su cintura, su rostro, sus ojos, sus piernas. Me senté a su lado y le puse un vaso de cerveza, ella levantó la mirada y sonrió, tomo el vaso, me dijo salud y yo bebí a la par. Después de una hora ya estaba ebria, lo más sencillo ahora era hacerle lo que yo quería y solo tuve que proponérselo directamente para que aceptara. Me dijo a que hotel iríamos y yo me reí, no uso hoteles, le dije, prefiero los callejones. Me miro un poco desconfiada, pero como si no tuviera otra opción echo a caminar conmigo. Llegamos al callejón y no la hice esperar, de un tirón le rompí el polo verde que llevaba, le arranque el sostén y comencé a chapárselos. Tenían un sabor dulce, mientras los saboreaba imaginé que podían ser duraznos lo cual hizo que me excitara y le dijera que ahora le tocaba hacer lo mismo a ella. Ni me miro, me desabrocho el cierre y lo hizo tan rico que no pude evitar correrme en su cara. Se levanto, se limpio un poco la cara y apretándome fuerte contra ella me pidió que la cogiera, que necesitaba que la arrinconara contra la pared y la hiciera gemir, que la penetrara una y otra vez hasta dejarla agotada e inconsciente. Sus palabras me dejaron perturbado, ninguna de las mujeres que había tenido me habían dicho algo así y sentí pena, porque era tan bonita y aquellos ojos azules se veían tan tristes.






Mama a veces salía en la tarde y llegaba una hora antes que papa, nerviosa mama y triste, con el alma herida y un beso nuevo, y yo la escuchaba en su cuarto susurrar: “no debo hacer esto, si el se entera, no quiero imagin…” Mama tan linda y su perfume suave y dulce se mezclaba con mi piel y mama hacía que sintiera que éramos uno solo.

– ¿Quién es el hombre que llama, Mama? – le preguntaba – ¿Él si es bueno?

Y mama no respondía, me miraba asustada y con una mano en su boca ahogaba un grito de espanto. Mama era linda incluso asustada, incluso llorando mama era una princesa bella, un ángel de la guarda, mío.

– ¿El puede protegernos, Mama? – le decía – ¿El si es bueno?

Y mama lloraba porque no sabía que decir, porque la culpa la invadía y porque sentía que debía decir que sí, que papa ya no volvería hacernos daño y que tendría un nuevo papa que me compraría juguetes y pasaría navidades con nosotros.

– Dios lo quiera, Ricardito, él solo sabe las cosas – decía

Y mama me abrazaba fuertemente contra su pecho mientras repetía que solo Dios sabía y quería lo mejor para nosotros, y yo pensaba que talvez Dios no era tan bueno porque sino no existiría gente mala, o que quizás Dios ya estaba muerto y no podía hacer nada.

– Mama, te quiero – le decía.

Y ella me abrazaba de nuevo contra su pecho y me prometía navidades felices, cumpleaños perfectos y sonrisas por doquier. Pero mama nunca dejaba de mirar el reloj, mama nunca dejaba de temblar por cada minuto que se acercaba a las nueve, mama nunca dejaba de tener una mirada de odio cada ves que pensaba en papa. Mama me miraba a los ojos y me decía, sin palabras, que hoy era sábado y tenía que irme a dormir temprano para que papa estuviera tranquilo y mama no sufriera.








Mama un día estaba en el suelo de la sala tirada, más blanca que nunca y con los ojos cerrados. Ayer había sido sábado y me había dicho, antes de irme a dormir, que esta sería la última vez, que las navidades felices estaban muy cerca, que papa no volvería a hacernos sufrir nunca más.

– ¿Y papa? – le dije – ¿Si se molesta, mama?

Ella callo un rato y luego sonrió tranquilamente. Me tomo de las manos y las beso, sus labios recorrieron todo mi rostro y muy despacio me dijo que ella se encargaría de todo, que fuera a dormir y mañana todo sería distinto. Al siguiente día ella estaba tirada en la sala, en el suelo, mama.



– ¿Qué paso, mama? – le preguntaba pero no respondía.

No decía nada pero su sonrisa parecía decir que papa nunca más nos haría daño. Su piel estaba fría, sus manos tiesas y el rojo que la rodeaba la hacía ver como una reina, trate de moverla para ver si despertaba pero era inútil, mama dormía profundamente y algo en mi me dijo que no despertaría. Recorrí la casa y en la cocina encontré a papa, con un cuchillo en la espalda y otro en el cuello, todo feo y repugnante, me acerque y lo mire de cerca.

– ¿Ahora como vas a hacernos daño, papa? – pensé y sonreí.

Volví rápidamente donde estaba mamá para acompañarla por si acaso despertara y me eché a su lado, mirando aquellos hermosos ojos azules, sus lacios cabellos negros y su blanca piel.








Le arremangue la falda, la levanté en peso y la empuje contra la pared. Con sus labios y dientes ella mordía mis orejas, lamía mi rostro con desesperación, y al sentirla dentro de mi pude entender sus ganas de ser deseada por un hombre, su tristeza y su dolor. A pesar de que la estaba cogiendo como una más entre todas no podía dejar de mirar su hermoso rostro blanco, sus cabellos negros y sus ojos azules. Era tan hermosa que incluso pensé que en otra realidad podía haber sido una princesa o quizás una reina. No era muy joven pero tampoco vieja, su belleza no solo era física pues en sus besos, como nunca antes, sentía dulzura y en sus caricias ternura. Sin poder contenerme me agité tanto que terminé dentro de ella y pude sentir como sus latidos iban disminuyendo lentamente mientras sus gemidos se apagaban. Sin encontrar alguna razón la abracé contra mi pecho y acaricié sus cabellos mientras ella lloraba muy despacio. Imagine los problemas que tendría en casa, quizas un hijo o una hija y un marido hijo de puta. Antes de soltarla le di un beso suave en los labios, ella sonrió tímidamente, se abrocho la blusa y se acomodo la falda. Mirándome a los ojos me dio las gracias y agarrando mis manos dejo un papel con un número de teléfono.

– ¿Para que esto? – le pregunté
– Por si algún día necesitas compañía – dijo
– ¿Cuántos años tienes? – le pregunté
– 35 – respondió
– ¿Y tú nombre? – pregunté
– Susan – contestó

Pensé: “Mamá”.

1 comentario:

Blackangel dijo...

ufff sin palabras, cuantos pensamientos pasan en este momento por mi cabeza...